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Cuando era niña, Goyo no se despertaba a la salida del sol sobre los árboles de verde intenso de su Condoto natal, en Chocó, sino cuando su papá oficiaba el ritual cotidiano de ponerle sabor a su municipio.


Cada mañana su padre encendía el amplificador, a la manera de los picós de Barranquilla, y despertaba a su hija con la canción “Goyito Sabater”, del Gran Combo de Puerto Rico, que le valió a Gloria Martínez ganarse el apodo de Goyo para siempre. A orillas del río San Juan, bajo las intensas lluvias del Pacífico, la joven bella de ojos intensos creció amparada por los discos de coleccionista de su padre y por la chirimía, los currulaos y alabaos de las tradiciones ancestrales de los afrocolombianos de su región.
Goyo nació con la música metida en el alma y el recuerdo de todos los LP de su padre en la sala de su casa, y con una voz espléndida que le ayudó a cultivar su propia madre, quien animaba las fiestas familiares. Sin embargo, el mundo de la música a la que estaba acostumbrada comenzó a cambiar cuando el álbum “Bad”, de Michael Jackson, entró a formar parte de la colección de su padre y Condoto entera oyó esa rítmica forma de abordar la música.


Luego, cuando estaba en el grado quinto, viajó a Quibdó y luego a Buenaventura, para acompañar a su padre, quien había conseguido trabajo en el duro oficio de montar repetidoras. Allí, la joven despierta escuchó los ritmos urbanos que llegaban al puerto sobre el Pacífico en los barcos de carga, camuflados desde Estados Unidos por los marineros. Supo del rap y del hip hop antes que se popularizaran en Colombia, con la sorpresa de descubrir que la música vibraba en ella porque había algo del ritmo africano implícito en ese ritmo, aunque con un enfoque novedoso. “Viví una transculturización importante, que me ayudó a consolidar un profesor de biología de noveno grado, quien ponía videos de The Fugees en los recreos y ese hip hop que llegaba en los barcos de carga”.

Con la adolescencia llegó a encontrarse con las influencias musicales del mundo y eso cambió mentalmente su forma de concebir la música y les ayudó, años después, a definir un estilo. Todo eso convirtió a Goyo en un ser musical. Sin embargo, Ella seguía sin tener referencias previas de ninguna música contemporánea hecha con los sonidos tradicionales del Pacífico. Y tuvo que abrirse camino e inventárselo. Para eso sería vital la aparición de “Tostao” en su vida.

“Había mucha fusión en el Atlántico y todos partían del legado que abrieron Teto Ocampo, Carlos Vives, Richard Blair y muchos más. Pero en el Pacífico no existía nada”, recuerda.

Cuando la joven se trasladó a Cali, conoció a “Tostao” (Carlos Valencia), líder del grupo, quien tenía en mente montar un proyecto de raperos del Chocó. Goyo escuchó la idea y la entusiasmó. Pero cuando quiso interpretar el rap, no le salió como era habitual en el resto del mundo. Su voz sonaba como los ríos del Pacífico, como si se juntara en su garganta un cununo y una marimba de chonta, como si los arrullos de las cantaoras estuvieran acompañados en su voz por el sonido de las semillas de un guasá. Y ese fue su encanto.

“Teníamos el tumbao del Pacífico y mi voz salía con ese estilo propio. Comenzamos a componer música alegre que hacía directa referencia a nuestra región”. Incluyeron quejas políticas, denuncias y juegos de palabras, y su canción emblemática “Somos Pacífico” pasó a ser el himno oficial de una región a la que nadie le había cantado hasta ese momento con ritmos contemporáneos. Ese himno los popularizó. Junto con su hermano “Slow” (Miguel Martínez) formaron el trío, pero cuando llegaron a Bogotá los recibió una movida urbana muy fuerte que no estaba acostumbrada a lo que ellos traían.

Sin embargo, vencieron la reticencia. A Goyo, sicóloga de profesión, le tocó en 2003 subirse en escenarios distritales destinados al hip hop donde los tres afrocolombianos eran poco más que extraterrestres. Pero ganaron una beca distrital, a pesar de que incluían en vivo marimbas, tamboras y bailarines, algo que nunca suelen hacer los raperos puros y duros.

La cerrada movida urbana de Bogotá los respetó y les abrió las puertas. Goyo cantó para Sidestepper, pero sólo hasta 2005 el productor Iván Benavides escuchó su música original y empujó a Choc Quib Town a trabajar de lleno para producir su propia música, que ahora también fusiona la electrónica. Y desde entonces vuelan por los escenarios del mundo. La Feria del Libro de Guadalajara fue el primer gran destino al que acudieron y de mayo a julio de este año viajaron por París, Luxemburgo, Ámsterdam, Estocolmo, Londres, Berna y Helsinki, entre muchas otras. Fueron nominados al Grammy Latino en 2009 y acaban de ganarse el Grammy Latino a la mejor canción alternativa por “De donde vengo yo”, mientras otras canciones como “Tóquenme el bombo”, “Pescao envenenao” y “Oro” siguen ganando adeptos, aunque la radio comercial, ciega y cerrada, obtusa y sorda, insista en no programarlos.

Lo más maravilloso de esta mujer y de su familia músical es que siguen apostándole al compromiso por su Pacífico y a ese toque tan suyo, “entre lo urbano y lo rural, entre lo pluriétnico y multicultural” que conmueve y mueve a bailar, que se compromete y reinvidica a una región entera y a todo el país. Su premio es el del Chocó. Su premio es el más verdadero que pueda ganar Colombia porque valida el sonido transformador de una región maravillosa y olvidada.

“De donde vengo yo, la cosa no es fácil pero siempre igual sobrevivimos”.

De donde vengo yo.


tomado de www.enriquepatino.com

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